La barca de Caronte

Cuando los dioses nos abandonan

Bajaba las escaleras con un calor sofocante, noté un chasquido dentro de mi cabeza y después el golpe de mi hombro contra el suelo. Pero ahora es noche cerrada y no tengo ni idea de dónde estoy. Parece un bosque, adivino un sendero por el que parece que hace tiempo no pasa nadie. Huele a moho, huele a cerrado y humedad como las cajas en el sótano del pueblo. Oigo el rumor del agua, tal vez sea un río, así que me acerco porque tengo sed. Aún me duele el hombro.

Llego hasta el agua, ni pensar en beber de ahí. No es un río, es una laguna en la que el agua parece estancada. La superficie está llena de rastros de hojas podridas y alguna cosa más que prefiero no adivinar. En la otra orilla hay una vieja barca, el barquero está recostado dormitando sin esperar ningún visitante. Inmediatamente reconozco en él a Caronte. Ya sé cómo he terminado aquí. Nunca imaginé que pudiera pasar tan pronto.

Llamo a Caronte por su nombre para que venga a recogerme a la otra orilla. Extrañado se incorpora y me mira con una expresión mezcla de incredulidad y fastidio.

-¿Qué quieres?- me grita de mala gana.

-¿Puedes venir a recogerme?- digo esto sin saber muy bien qué es lo que quiero.

Lentamente rema hasta mi orilla. Yo sé perfectamente que le tengo que pagar por la travesía, pero no sé si he traído dinero porque la verdad es que no estaba preparada para venir. Busco en el bolsillo del pantalón. Suerte que tengo un billete y dos monedas. Le entrego el billete de veinte euros, que me parece más decoroso que una moneda. Caronte mira el billete con escepticismo, sin cogerlo, me dice:

-No irás a pagarme con eso.

Yo no sabía que el tránsito al inframundo salía tan caro.

-Solo tengo esto más- le digo enseñándole los dos euros que me quedan.

Él coge una de las monedas de euro y por primera vez intuyo un atisbo de sonrisa en su rostro. No me ayuda a subir a la barca a pesar de que le advierto que me duele el hombro y no me puedo agarrar bien. En vista de su actitud no me atrevo a pedirle agua, pero la sed me está empezando a agobiar. Tampoco me atrevo a entablar conversación con él aunque me surgen un montón de preguntas, así que me dedico a mirar la oscuridad y a estar atenta al silencio. Sorprendentemente es Caronte el que se dirige a mí.

-Hacía mucho tiempo que no llevaba a nadie en la barca. ¿Por qué has venido aquí?

No lo sé.

Me bajo en la otra orilla sin despedirme de Caronte. Voy hacia mi izquierda por el único camino transitable y me detengo ante las puertas del mismo Hades. Llamo a la puerta pero nadie me abre. Entro igualmente, no tengo otro sitio a donde ir. La iluminación es escasa y no se oye absolutamente nada. Siempre había pensado que el inframundo estaría repleto si todos los muertos vamos a parar allí. Avanzo por los pasillos y llego a una estancia amplia, comprobando que está repleta de gente. Pero no hablan, están todos recostados apoyados contra las paredes, con aspecto cansado.

Saludo mientras me miran estupefactos. Un hombre reacciona, se levanta con dificultad y se acerca. Es un hombre alto, moreno, de espesa barba, con armadura de bronce. La altanería con la que me observa me hace reconocer al que en otro tiempo fue rey de Micenas, a Agamenón.

Me pregunto por qué no hay nadie más de su familia aquí.

Miro a mi alrededor y me parece que la eternidad va a ser insoportable sentada contra una pared. Me parece muy extraño no encontrar a nadie que haya formado parte de mi vida. Agamenón me aclara un tanto.

-Yo soy el último de los que entraron al Hades para toda la eternidad. Antes que tú vino un hombre, hace tiempo ya, pero le dejamos marchar. Dime por qué estás aquí.

No lo sé.

Agamenón adivina en mi cara que no tengo respuesta y me cuenta la situación.

Después de su muerte nadie más llegó al Hades. Esperaron y esperaron pero nadie apareció. Esperaron una respuesta de los Dioses Olímpicos pero no dieron ninguna señal. Estaban confinados en la eternidad totalmente abandonados por los dioses.

-Incluso en la muerte necesitamos de los Dioses -dice Agamenón.

Una vez llegó un hombre, un guerreo de Nazareth y no supo decirles nada de Zeus y del resto de los Olímpicos. Nada, solo sabía que había un nuevo Dios en el cielo, pero tenía entendido que no vivía en el Olimpo y no supo decirles nada más.

-¿Vino aquí Jesús? – digo yo sin acabar de creérmelo.

-¿Cómo sabes su nombre? ¿Le has visto? Llevaba tres días con nosotros cuando accedió de mala gana a volver con los vivos para acercarse a Dios y averiguar cómo había sido destronado Zeus.- dice Agamenón.

-Y no ha vuelto al Hades para contaros lo que sabe- me adelanto yo.

-No. ¿Dónde está? ¿Sabe ya por qué nos han abandonado los Olímpicos? ¿Por qué el Dios no se ocupa de nosotros?- Agamenón está ya angustiado.

No lo sé.

Se me parte el alma si le cuento que el guerrero de Nazareth se puso de lado del nuevo Dios, si le digo que tampoco tiene importancia porque los Dioses ya hace tiempo que abandonaron a los mortales, no sólo en la muerte, también en la vida. Me quedo callada.

-Tendrás que volver.- Agamenón me agarra del brazo.- Vuelve al mundo de los vivos y averigua cómo llevar a Zeus de nuevo al Olimpo.

Laura Vélez

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